Todo tiene un precio

Cada prenda, actitud, forma de vida que elegimos: tiene su precio. Puede ser un costo, para adquirir algo material, o el resultado de todas las decisiones que tomamos para dar rumbo acertado, o errado a nuestras vidas.
Muchas veces nos sorprenderá el precio a pagar por nuestras acciones, ya que nadie nos envía una cotización de lo que eso llegará a costarnos de inmediato o con el tiempo. 
Generalmente nos creemos en la capacidad de calcular, o darnos cuenta del valor de lo que obtenemos o que deseamos. En muchas ocasiones, damos en el clavo, sin embargo muchas veces caemos en el error, y nuestro estimado, anda más lejos de lo real. Esta seguridad de que estamos en lo correcto, da como resultado: perder o aprovechar oportunidades. Eso lo podemos observar cuando compramos un objeto material a “buen precio” que luego da tantos problemas, que mientras lo vamos resolviendo, nos va aumentando el costo. Pero en este asunto también se incluye, “el valor” de lo que nos pertenece, cuando lo perdemos. Por mala suerte, cuando nos damos cuenta, es tarde. Y en esta sola ocasión no cabe el dicho “más vale tarde que nunca”. Porque tratándose de algo o alguien que hemos perdido: siempre es tarde, muy tarde. Por eso es bueno decir a tiempo lo que sentimos, ya que no siempre podemos manejar que tan caro nos salga ganar, o perder. Hablar a tiempo. Saber qué decir, y hacerlo en el momento oportuno. No cruzarnos de brazos, ni esperar otro momento. Sólo el preciso, el único, el nuestro. Nuestro momento de hablar, decidir, hacer, actuar. Está en nuestras manos, y somos los únicos responsables, del precio que al final pagamos por lo que ganamos y lo que perdemos.

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